viernes, 6 de julio de 2007

Homonimia: Bestiario e inmanencia

Acaso la ley de la estructura encuentra su límite en la homonimia, donde los símbolos cumplen funciones diversas en diversos contextos y pierden su función relacional. Estoy harto seguro que ni Poe ni Tokien quisieron lograr lo que yo amo en sus historias, y que la forma en que reutilizo sus elementos expresa algo radicamente diferente. Tolkien era un católico naturalista, pero los power-metaleros siguen la religión de Morgoth que él tan involuntariamente creó. Igualmente, los seres sobrenaturales ya no nos causan el mismo efecto que supuestamente tenían en el siglo XIX. Y, sin embargo, los amamos tal como son, por este otro efecto que nos causan. Por último tenemos a los Emos, que usan los mismos símbolos que los góticos para referirse a algo muy distinto, siendo el pobre Jack Skellington el más afectado. Los personajes sobreviven al significado. La inmanencia habría de despedazarlos o morir en el intento: ¿será que los lectores ven al símbolo fuera de su sentido? Probablemente estemos aquí a un nivel mucho más quirogueano que mina toda teoría interpretativa:

Ley X y última del Decálogo del perfecto cuentista

No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.
H.Q.

Vivimos con los personajes, los dejamos hacer sus vidas y ser algo en sí mismos. La chica mágica o el íncubo no trasciende de un cuento a otro como símbolo, solo como personaje. Cumple funciones simbólicas distintas en distintos contextos. No es su función simbólica lo que le da identidad, sino una definición de sus características individuales.
He aquí al bestiario desgarrado.


Otra forma de encarar la situación es aceptar el concepto de estética o de ismo como basado en una definición arbitraria, pero declarada. Podemos entonces decir que todo lo que encaja en esa definición es parte de esa estética (para librarnos del avant la letre, el post/neo y todas esas pavadas). Las estéticas pueden superponerse y compartir elementos, personajes y símbolos. En ese sentido, es como algo que solía pensar de los subgéneros del metal: no son sustantivos con un corpus exclusivo; son solo adjetivos. Algo puede ser más o menos power, más o menos trash. No podemos encasillar. Así era, justamente, como estaba también describiendo la época modernista hace unas semanas. Fueron los vanguardistas que tuvieron un pánico adolecente por formar equipos y guerrear entre ellos, por darse una identidad. Ahora los posmodernISTAS nos quieren hacer creer que la posmodernidad es la nueva era del mundo (mentira! es la de acuario!) y que su estética es un destino inexorable hacia el que marchamos todos inconscientemente. Sin embargo, ¿cuándo comienza la posmodernidad? ¿Cuándo termina la modernidad? Hay posmodernos desde el año de la pera y la mayoría de gente sigue siendo moderna hasta la fecha. Eso es lo que decía del avant la letre. Como cuenta Borges, cada uno crea sus propios precursores. Nadie era posmoderno hasta que a Lyotard se le ocurrió inciar una pose intelectual en los 60s. Entonces resultó que Borges era posmoderno, que las vanguardias, que Nietzsche, que todo el mundo. Y que yo estoy siendo posmoderno ahorita, por supuesto, porque soy un sujeto posmoderno sin saberlo. No pues. Resignense, gente, son un ismo más. Un ismo que ha dado frutos bastante provechosos en autores como Mario Bellatín, pero que no va a salir de las esferas teóricas ni cambiar el curso del tiempo, ni marcar ningún antes y después.

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