lunes, 31 de enero de 2011

Renacimiento

El apartamento que compartía con mi mujer hacía bastante tiempo que solía estar vacío. Ella creía que la engañaba, y su reacción fue intentar imitarme. La diferencia es que en su caso era extremadamente inconspicua, no se preocupaba por inventar escusas siquiera. Más de una vez la vi desde la ventana llegar hasta la puerta en autos ajenos o despedirse con un beso de hombres desconocidos. Fue en esos momentos que me di cuenta que efectivamente había dejado de importarme, que no me dolía dejarla correr y que pensara que nuestros sentimientos eran mutuos. Aun así, yo era el que mentía, pues para mí no había otra mujer. Ya no había ninguna mujer. Se toma por sentado que la vida funciona así, pero es sólo una mediocre forma de perder de vista preguntas mucho más centrales a la existencia. Era por esas preguntas que engañaba a mi mujer. En ese momento, las primeras preguntas que cruzaban mi mente eran las de las matemáticas del espacio. La experiencia no es más que la interacción entre lo que somos y lo que nos rodea, y el espacio como un todo es indesligable de la forma de la mente, que se despliega no solo en los objetos específicos que tiene al frente, sino en la totalidad de lo visible. Por ello el Feng Shui pretendía controlar las energías que atraviesan la mente, y los reportes Walter Gilman o Francis Wayland Thurston hablan de lugares donde la geometría incluso se demuestra relativa en tanto está subordinada a la arquitectura. En Japón igualmente se suponía que habría un edificio en espiral que retenía las conciencias de sus habitantes. Para muchos esto son solo devaneos esotéricos, pero para mí siempre ha sido una posible realidad por develar, un poder que debía descubrir, un mundo que era mi deber materializar. Las horas lejos de casa las pasaba, aunque pareciera mentira, frente a la mesa de diseño, entre libros hieráticos, ensamblando y visualizando maquetas que aplicacen los conocimientos de artes perdidas. Si mi mujer encontraba a otro hombre, probablemente me daría más espacio para dedicarme a mi deber. Por otra parte, no tendría sentido explicárselo, ni a ella ni en verdad a nadie más. Si no pensaban que era ridículo, pensarían que estoy experimentando con las mentes de quienes habitaran mis construcciones, lo cual podría parecer inaceptable, aunque necesario. Nadie se había percatado realmente de mi trabajo y tan sólo apreciaban cierta estética o, en el caso de los más sensibles, alguna sensación de extrañeza. Hubo una sola persona que se me acercó una noche en la recepción del Museo de Artes. Era un hombre de terno negro a quien nunca había visto, pero que vino hacia mí de forma resuelta.
-¿Usted diseñó este lugar?
-La verdad sólo la remodelación de esta zona... ¿con quién tengo el gusto?
-Sus intentos son bastante interesantes, veo que sigue la línea de Amadeus Arkham...
-Disculpe, ¿de qué me habla? ¿Quién es usted?
-Creo que tenemos algunos intereses en común.
-¿De veras?
-Si su intención es almacenar almas humanas, le recomiendo que en vez de una forma circular pruebe con una hexagonal.
-No estoy seguro de qué me habla...
-No se preocupe. Lo estaremos observando. Hasta pronto.
Esa fue la única vez que intercambié ideas sobre mis verdaderas intenciones, y aun así seguía sin tener la seguridad de que mis métodos funcionaran realmente. Debía intentar la forma hexagonal, sin embargo. Sobre todo porque, tras analizarla, esta idea era coherente con el concepto de espacio oblicuo. Decidí aplicarla en la torre este que se ampliaría próximamente en el edifico del Banco Financiero y me empeñé de lleno en ello. Siguiendo esta clave, todo empezaba a encajar, lo cual me llevaba a enfrescarme aun más en mi trabajo.
Volví al departamento al tercer día, a las dos de la mañana. Mi mujer estaba ahí, pero no durmiendo. Estaba esperándome despierta, quién sabe hace cuánto. De hecho, desde hacía varios meses que me esperaba sólo a mí. Comprendí que nunca había salido con ningún otro hombre más de una vez y que ellos en verdad eran el engaño, sólo un intento de reencontrarme, una forma de esperar a que yo regresara. Se había equivocado al pensar que éramos iguales, pues yo no la engañaba con una mujer ni por despecho. Yo también me había equivocado al pensar que éramos iguales, pues ella no me había vuelto la espalda; me seguía amando, de forma cada vez más desesperada. Ahora, tras ocultar su amor tras el despecho, al comprender la absoluta inutilidad de su lucha que no era contra otra mujer sino contra fuerzas cósmicas, el horror de la impotencia se había convertido en odio y lo único que podía hacer con una vida como la suya era destruirla. Por desgracia, yo era parte de esa vida, seguía atravesado en su camino cuando me apuntó con el revólver y empezó a disparar sin titubear. Me sentí helado cuando una bala rozó mi brazo, pero en seguida noté que la había fallado todos los demás tiros y me abalancé contra un puñal decorativo sobre el ropero para intentar defenderme. Logré enterrar el arma un par de veces en su estómago antes de que me hundiera tres balas más en el pecho y cayera tendido en el suelo. Al reconocer su obra, jadeó espantada y dejó el arma ensangrentada tirada junto a mi cuerpo que se dessangraba sin tregua. Sentía que las fuerzas y la vida me abandonaban. Me horrorizaba que de una manera tan estúpida se hubieran frustrado todos mis proyectos, mis ideales que habían estado tan cerca y de los que nadie nunca se enteraría. Sentñia las sangre gotear por entre mis pulmones agujereados. Mi visión se nubló y ya solo distinguía sombras, entre las cuales me pareció ver algún rostro conocido, pero también tantos otros estímulos inciertos. Luego sentí mi boca inhundarse del sabor de la sangre, pero no era mi sangre, no era siquiera sangre humana o sangre de este mundo, era un hilo que me devolvía la conciencia, que me prometía una segunda oportunidad. Sólo en ese hio carmesí se resumía todo mi ser, y sentí que todo se vertía hacia él de forma incontrolable, que yo ya no era más que ese hilo rojo que más que deslizarse en mi garganta me absorbía dentro de sí, hasta que una mano violenta me apartó con fuerza y me vi despojado, nuevamente tendido en el suelo de mi apartamento, ya sin vida, ya sin muerte. En la frialdad de este nuevo despertar reconocí el rostro del hombre que había visto en el vestíbulo del museo.
-Lamento haber tardado hasta un momento crítico como este- me explicó-, pero estos asuntos requieren aprobación oficial. Mi nombre es Jean Marcusse. Como habrás notado, ahora eres un no-muerto, un vampiro. Tu iniciación te permitirá profundizar en varias artes en las que yo me encargaré de instruirte. Por otra parte, tu nueva existencia también conlleva varias obligaciones. Todo te será revelado en su momento.
Fui llevado a la capilla tremere para seguir mi iniciación y entrenamiento, en los que estuve enclaustrado por algunas semanas. Luego volví a mi apartamento para notar que el clan se había encargado de cambiar la chapa. Anuncié en mi oficina que les enviaría mis avances que trabajara en casa, y me presenté ocasionalmente durante las tardes para coordinar pormenores. La facilidad con la que lo acataron demostró que sigo gozando de cierta reputación como arquitecto. La reputación también es una ventaja al momento de atraer mortales para alimentarme. He recibido menos visitas de mi maestro últimamente, pues al parecer me consideran lo bastante maduro como para mantenerme solo en este estado, lo cual no deja de ser duro. La ampliación del Banco Financiero fue rediseñada para propiciar el poder de la magia de sangre y está pronto a inaugurarse. De mi mujer no he vuelto a oír hasta el momento. Sospecho que me da por muerto y que no quiso divulgar su propio intento de asesinato. No tengo apuro en volver a buscarla, pero veo varias cosas que merece experimentar cuando eso suceda.

Sí, he empezado a jugar Vampiro la Mascarada esta semana. Muchos conceptos de vampirismo que se toman hoy por sentados surgen de ahí o han sido recopilados de forma coherente. Todavía queda mucho por sacarle a esta experiencia.

No hay comentarios.: