sábado, 8 de marzo de 2008

Tercer viaje a la manzana

Como en los mitos, esta vez la tercera fue también la definitiva.
La segunda fue entre que volvía de Washington. Pasé apenas diez horas, sentado en el piso de la estación de autobús toda la noche, porque en Boston estaba nevando y no les daba la gana partir.
La verdad, Nueva York empieza desde la estación autobús en Boston, y no al revés. Mientras el quasi-monopolio de buses gringos Greyhound cobra más de 60 dólares, en una esquina dos grupos de chinos llaman a la gente y agitan los boletos al aire. Por apenas quince dólares, los buses parten cada hora sin escalas ni cajas registradoras ni horarios complicados en internet, llevando a vietnamita, cholo, polaco, gringo, criollo y negro cubano apretujados en el mismo carro. Ahí donde la competencia salvaje le gana al puritanismo novoinglés y el aire se llena de mil idiomas mientras a dos asientos de distancia una chica lee a Borges en chino hasta que el inglés se pierde de vista por completo; ahí empieza Nueva York. Al llegar a la ciudad el bus me depositó en el barrio chino, donde el río de gente se mueve imparable y es casi imposible agarrar un taxi, mientras hasta el teléfono público me da instrucciones en chino mandarín.
Logré asistir a un par de recitales poéticos, de los que hay como cinco cada noche. Uno fue en un bar llamado la KGB y sus protagonistas eran un par de poetas entrados en años, muy localistas, con constantes referencias a sus calles, amigos y costumbres que nadie conoce ni quiere conocer, y cuya principal virtud era ser ocasionalmente graciosos, muy parecidos a nuestra generación de vacas sagradas en declieve (y esas "nuevas" generaciones que son más de lo mismo), quizá un poquito mejores, pero con las mismas vainas.
El otro fue parte de la premiación del círculo nacional de críticos, que como era de esperarse no estuvo nada mal, aunque contenía de todo, desde estudios antropológicos y testimonios hasta novelas. Muy complacido descubrí a un cierto poeta polaco llamado Tadeusz Rosewicz, de una excelente y sarcástica poesía pura que se deleita en sus propias contradicciones.
Intenté también llegar a un poetry slam, que al parecer sería un bizarro cruce entre rap y recital, pero tenía que adentarme bastante en Brooklyn a las 8 de la noche, y el intrincado e ilógico sistema de metros logro desviarme por completo, por lo que aun me quedo con la duda de cómo exactamente será un slam.
Es curioso que un metro tan absurdo corresponda a una ciudad de calles tan cuadriculadas. Las líneas se empeñan en seguir el trazo de las avenidas y apenas se cruzan muy de vez en cuando. Los primeros días fue bastante útil y cómodo el poder guiarse por calles numeradas, pero cuando uno empieza a oir a la gente hablar de que vive en la 25 de la 62, junto a la 3, la red se empieza a sentir cada vez más insípida, sin símbolos absurdos ni figuras históricas odiosas que la coloreen... Aunque es imposible decir que, por más que se llene de la gente más diversa, la ciudad retiene su propio sabor, a pizza y falafel y mucho mucho jazz, con un ritmo de pies trepidante e ineludible en todas las calles y semáforos que son inevitables de cruzar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Que paja, Rozewicz es un capazo. Tiene una fase muy triste despues de la II GM.