sábado, 19 de enero de 2008

Magna y compendiosa historia vampírica

Entre la multiplicidad de recuentos históricos del vampirismo, me asaltó la idea en una noche de año nuevo de escribir un relato que los comprendiera toda la extensión y largo camino que estos habrían recorrido desde sus remotos orígenes al oeste del Edén hasta sus celebérrimos recuentos victorianos en el XIX. Comienza así en los tiempos del primer destierro, el origen de la vida entre los páramos agrestes de la era prehistóica, en los que Caín habría de esculpir piedras y habitar cavernas y vagar bajo la maldición de dios. Mucho después surgiría Dracula como el más poderoso de todos los vampiros, y viría para completamente cambiar su aspecto en los días de la revolución industrial. Bathory no estaba más que a un paso de distancia, y si Lilith podría ser también hija de Vlad... Fue así que los 5000 años de historia se replegaron en un único punto, uno de esos puntos críticos por los que parece atravesar todo, en lo que todo parece adquirir sentido (aunque claro, es solo uno de los sentidos que se le podría dar...). No haría mucha falta reparar en espectros menores como Sara Hellen o alguno de los muchos franceses dementes del XVIII.
Fue entonces que empezó a surgir la novela como tal, doblando una cosa sobre la otra. En algún momento me asaltó la intuición de que debería tomar parte también Judas Iscariote, aunque por entonces no encontré ninguna referencia de su vampiricidad, pero habría de ser el gran dragón caido ante la lanza de San Jorge en el día legendario, aunque por falta de fuentes terminé dejándolo en el anonimato, de lo cual me arrepiento habiendo descubierto un par de leyendas más recientemente. Sin embargo, su espacio está ahí, y el silencio no le niega su lugar.
Cuando empecé a doblar hacia adentro las muchas esquinas de esta historia, aun no conocía en detalle al que había designado como su eje, y lo concebía aun como descubriendo en una larga noche sus inmensos poderes, desplegando a cada rato sus negras alas y succionando la sangre de sus súbditos. Fue, pues, una reencarnación de Lord McDafth, transformado ahora al beber la sangre del mensajero de capucha negra. Luego leí sobre la caída de Vlad, y vi que acaso el momento más oportuno para su conversión sería su humillante exilio, pero habría de dirigir entonces la reconquista de sus tierras confinado en la noche, e intentando ocultar su poder demoníaco a sus vasallos. Por su calidad legendaria, decidí mantener el valor de 1476, que desde entonces ha quedado inexorablemente grabado en mi mente, aunque seguí especulando en torno a sus tan inciertos detalles. Acaso Vlad habría de ser empalado junto con su guía y morir expuesto al sol... pero no. Su final habría de ser otro, que atara muchas más esquinas remotas de la magna y compendiosa historia sobre sí mismo.
Por último me vi ante la duda del uso del poder, acaso una de mis elecciones en el uso de lo vampírica fue guíada por una expresión de la endemoniada Linda Blair:
It would be a too vulgar display of power.
Un concepto que la propia película no toma en cuenta, pero que he visto confirmado una y otra vez por los grandes maestros de terror.
Muchas otras cosas cambiaron hasta que la historia tomó su forma final, pero todas ellas ya quedan evidentes en el texto, o son otra historia.

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