miércoles, 26 de septiembre de 2007

El guerrero y la sombra

...Pero una noche podría haber sucedido el encuentro. Vlad deambulaba una vez más por los largos pasillos de su casa inmensa, en los exteriores de Buda, por entre las sombras y fulgores de las ventanas y árboles a la luz de la luna. El crujir de madera venía de afuera, en el bosque, y de adentro, en las entrañas de la casa. Un fuerte estallido y un grito llegaron del fondo del pasillo. Espada en mano, Vlad corrió a abrir la puerta de un golpe, pero se dio solo con un cuarto vacío. Entró cautelosamente a la estancia, mientras seguía los ruidos que ya sabía en el cuarto contiguo. Sintió sus propias botas resonar contra el suelo de madera y se detuvo. Al lado escuchaba una ventana abierta, pisadas ligeras, quizá de un hombre... tela arrastrándose, cristales rotos. Lentamente Vlad volvió al pasillo, se paró frente a la otra puerta y entró velozmente, para encontrarse en su propio dormitorio. La ventana estaba rota, sus pedazos dispersos sobre el suelo, y sobre ellos, fundido entre las sombras de las ramas, una sombra alta, un hombre de cabello corto con una capa que rozaba el suelo y se alzaba a momentos por el viento. Al borde de la cama estaba Magdalena, su esposa.
-¿Quién eres?- demandó Vlad, ya casi abalanzándose contra el extraño. Aun así, todavía no se decidía a asestar el primer golpe.
-Soy el conde de Transilvania- respondió una voz engolada desde la oscuridad. La luz se filtró entre las ramas para reflejarse rápidamente en el fondo de sus ojos, pero el resto de su rostro permaneció oscuro.
-¿Qué dices? Transilvania solo tiene un voivoda, y es Stephen Bathory- Vlad apuntó su espada hacia el enemigo-. Insensato. ¡Lárgate de mi casa inmediatamente!
A él le complacía dar ultimatos, pero en el fondo también deseaba que el intruso se quedara para enfrentarlo. La negra silueta, sin embargo, no parecía dar respuesta alguna, sino que lentamente empezaba a agitar su respiración hasta soltar una insana carcajada. Vlad apuntaló su espada hacia el pecho del enemigo, pero su fuerza dio en el aire, haciendolo resbalar hacia adelante, mientras la sombra se deshacía en humo y volvía a emitir una risa que se desvanecía entre el silbido del viento. Finalmente el guerrero quedó solo, encorvado frente a la ventana rota. Miró entre las tinieblas del bosque sin poder distinguir cosa alguna. Su espada también estaba limpia. La envainó y volteó a ver a la hermana del Rey, que al fin y al cabo era su esposa. Tendrían que dormir en otro cuarto esa noche. Los sirvientes ya arreglarían la ventana sin que nadie se diera cuenta, y no quedaría rastro alguno de este fortuito encuentro, que en el fondo nunca tuvo por qué haber sucedido.

No hay comentarios.: