jueves, 19 de agosto de 2010

La verdadera historia de Sarah Ellen

Recuerdo que "El viaje que nunca termina" también se promocionó como la "primera novela gótica peruana". Por supuesto, ni el libro de Carlos Calderón Fajardo ni el mío son los primeros de la especie, es sólo que el Perú es demasiado ingrato con la fantasía y nosotros dos probablemente también caigamos en el olvido. Por otra parte, la novela habla abundantemente de la tradición gótica, con enumeraciones wikipédicas de autores y detalles históricos. Presenta una pequeña hipótesis sobre su sentido y una frialdad y distancia impenetrable. Podríamos hablar de un texto metaliterario más, de esos que están tan de moda. Sí, es una reflexión, casi un ensayo sobre las condiciones de producción y el contexto histórico de la novela gótica. Como la triste mayoría de la literatura peruana, es decepcionantemente realista. Son escasos los momentos que se permiten un mínimo de fantasía. De vez en cuando, el autor se llena la boca hablando del espíritu, del más allá, del monstruo como ser inmortal. Pero no se la cree. Son sólo términos psiquiátricos o antropológicos que leyó por ahí, manifestaciones de fenómenos político-económicos que a fin de cuentas siempre se remiten a una visión politizada del mundo y una visión parcializada de la política. Carlos Calderón Fajardo se asegura de recordarnos constantemente que Sarah Ellen no es una vampira. El que esto fuera una novela gótica sin duda es un error, y la contratapa del libro tampoco insiste en ello. Más bien señala que se trata de una parodia. Pero una parodia debería imitar las formas de aquello de lo que se burla, y este texto es también demasiado ascéptico para eso. No puede usar lo gótico ni siquiera como máscara o cáscara.

Otro aspecto que resalta la contratapa es que esta historia es "nuestra", es decir, responde a alguna versión de la endeble identidad peruana. Lo curioso es que la historia, aunque termine en Perú, en verdad sucede en cualquier otro lado, entre dos ingleses y un capitán español que constantemente recuerdan y reflexionan sobre Europa. En cuanto Perú aparece, en cuanto el mito inicia, la novela se acaba. Quizás, si prestamos especial importancia al primer capítulo y a los dos epílogos, podríamos decir que se narra una historia vista "desde" el Perú, pero vaya usté a saber qué quiere decir eso, si no es más que una excusa crítica tirada de los pelos. En fin, resulta que no es la primera, ni es gótica, ni particularmente peruana. Ni si quiera es del todo una novela. Y está horriblemente mal puntuada, con oraciones incompletas y comas por donde sea, y sus erráticas acronías la volverían tediosísima si no fuera tan corta...

Entonces ¿qué queda? Sobrevive la sospecha de lo que fue, realmente, el verdadero mito de Sarah Ellen, que no es este. Sugiere, indirectamente, la fascinante cantidad de leyendas populares que desecha. Uno de esos textos que se pueden leer no por lo que son, sino por lo que pudieron haber sido. Sí, aunque lo gótico esté desbaratado, sobra ese mínimo de lo inexplicable, siempre ironizado, que resulta compatible con el realismo, aquel realismo mágico en el mal sentido de la palabra, que nunca es mérito del autor sino del pueblo al que se lo extrae, el pueblo cuya explotación denuncia y practica.

Por más veces que se mencione a Brahm Stocker, el texto sigue teniendo más de García Márquez.

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