lunes, 28 de septiembre de 2009

311

He estado intercambiando poesía con un grupo de chicos de edad menor. No encuentro ningún quiebre generacional (apenas son poco más de 5 años de diferencia), pero hay una clara diferencia entre estos muchachos y lo que es ahora mi promoción, básicamente porque ellos pueden ser lo que pudimos nosotros hace casi una década, pero que la mayoría a mi alrededor ya han perdido. Es difícil seguir escribiendo, es mal visto escribir cuando se es un adulto, profesional, serio, incluso, o más aun, en la carrera de Literatura. En cambio, es muy normal, romántico, psicológicamente justificable como parte del desarrollo de la autoestima de una persona, el escribir en la adolescencia temprana y tardía. Madurar malogra la conciencia de muchos poetas posibles, y salva del ridículo a tantos otros que nunca debieron serlo. Como poeta viejo me queda refugiarme en un ambiente donde aun hay algo de vida, regresionando para huir de la muerte que se acerca a cada paso, tan callando.
Las reuniones se realizan en un establecimiento privado, aunque a menudo con invitados externos, y resultan bastante más grandes que lo que suele haber en un centro cultural, de esos que andan medio vacíos.
El "colectivo" lleva el número de un salón de clases en el que suelen reunirse ya que, al parecer, no tienen nada más en común. Casi igual que el caso Elisión. Lo extraño es que aun permanezcan juntos sin tener ninguna relación entre ellos. Acaso sea problema generalizado del sujeto posmoderno, del arte después del arte, el no poder formar ismos y asociaciones. Pero eso del sujeto como siempre es una gran idiotez. Podría decirse que la posmodernidad es un hecho social más que personal y así afecta las posibilidades de asociarse de las gentes. Pero tampoco porque, para empezar, la posmodernidad no es un hecho de ningún tipo, solo un ismo en sí mismo, que, nuevamente, prueba lo contrario a lo que sostiene.

2 comentarios:

Svidrigailov dijo...

(Piiiiiip...)

Es curioso lo que dices. Porque a mí me parecía que, con la edad, el poeta iba madurando -conforme a su experiencia y a su compromiso como tal, con su arte. (No voy a usar la asquienta metáfora del ser que madura como el vino para hacerse más delicioso, aunque sea algo que recurra rápidamente al pensamiento). En todo caso, ¿crees que pueda entrar a colación aquí la postura que asumió Eguren, la basada en la estética infantil? Sé que no hablabas precisamente de niños, sino de adolescentes (o por ahí); pero, más que por la edad, lo de Eguren se me ocurre por tu sentencia "madurar malogra la conciencia de muchos poetas posibles". ¿Acaso lo que podríamos llamar "plentiud poética" depende de cierta inocencia frente al mundo, de no dejarse contaminar por la "madurez" que llega con el tener que desempeñarse (trabajar, formar familia -lo típico de la adultez) en el plano social?

Glauconar dijo...

No lo había pensado así, pero es una forma válida de expresarlo. Yo me refería a que madurar implica volverse parte del sistema y acatar un orden y una ideología, los cuales la poesía por su propia naturaleza quiebra o es asfixiada. En ese sentido, claro, hablaríamos de una inocencia en cierto sentido, quizá aquel interés por decir la verdad que nunca es conveniente ni compatible con ningún orden...