sábado, 8 de noviembre de 2008

La estructura vacía

Levi-Strauss se queja de que la aplicación de su método estructural al análisis de textos literarios carece de rigor, pues no procede, a diferencia de la antropología, en un ir y venir entre la realidad social y sus símbolos, sino que se queda en los meros símbolos mismos, se limita a leer el texto mismo fuera del cual pretende que no existe nada. ¿Pero qué existe para el texto fuera del texto?
Quizá alguna relación guarde esto con la idea de los monjes medievales que acabaron incorporando fórmulas astrológicas y alquímicas a la angelología, según los más críticos con el mero fin de oscurecer la doctrina dominante y alejar los códigos del poder de la mayoría no iniciada. Finalmente, un caso más de hermetismo. ¿Podría al fin de cuentas la magia no ser más que toda esa maraña de laberintos insondables tras los cuales el poder se vuelve inalcanzable en un estudio infinito? Resulta más que coincidencia que justo acabe de leer "La muerte y la brújula".
Donald Keene sostiene por su parte que el excelso arte del Nougaku, tras un tiempo en las cortes de shogunes que lo usarían principalmente para legitimarse como élite intelectual además de guerrera, se convirtió en un mero "juguete académico", de piezas que sólo se relacionasen entre ellas y carecían de significado y vida. En verdad dudo que sea pertinente para el caso, pero el término es muy interesante. Cuán frecuente es, en verdad, esta situación hasta la fecha, donde al fin de cuentas las obras no se valoran por lo que tienen de apasionantes, sino fríamente desde cómo confirman cierta teoría politizada y los intereses de algún subgrupo de críticos. Esto nos ofende sobre todo cuando viene desde el grupo opuesto.
Desde otro punto de vista, es difícil pensar en algo más bello que la absatracción total y la abolición absoluta de las fuerzas determinantes de la vida y la naturaleza, en un juego de engranajes que tiene sentido sólo para sí y no se subyuga a ninguna utilidad. Finalmente, toda utilidad se subyuga a alguna imagen abstracta y fantaseada, a algún juego inmaterial que decidimos o inconscientemente aceptamos acatar como el eje de lo existente. El punto de partida siempre es arbitrario y sólo puede justificarse en el amor subjetivo.

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