-Siéntate y espera-, me ordenó, -todos quieren escuchar lo que vas a decir.
El obispo llevaba el rostro pintado de payaso. Cuando les expliqué que quería unirme a la secta, ante los rostros incrédulos de los reunidos arrojó un hacha al centro del salón y dijo:
-Dos dedos.
Tembloroso y resoplando recogí la herramienta. Apoyé mi mano sobre la mesa y la observé un momento, la acomodé...
-No, no- rió un espectador-. el índice y el medio están bien.
Horas después seguía sin poder darles una buena razón para que no me maten. Ya había visto demasiado y sin importar lo que dijera, no tenían por qué creerme. Estaba dispuesto a recibir un "juicio de dios", que es casi una condena a muerte. Pero el casi valía mucho en esa situación. Finalmente, me hundí una estaca en el pecho y pasé el día en una maletera.

En las noches profundas, el Sabbat impone la ley del más fuerte, conquista y devora. Resulta paradójico que venga a encontrármelo aquí, en la parametrada Alemania, donde de día vivo tan tranquilo y hay una ley o dos para cada cosa, e incluso me tengo que acostumbrar a no voltear por sobre el hombro, porque no hay de quién sospechar. Ni siquiera los perros me gruñen por ser un ser antinatural. De día, la mascarada de la Camarilla funciona aquí a la perfección. En Lima, en cambio, era la Camarilla la que imperaba de noche, y había que respetar la mascarada y los juegos políticos de los antiguos, con un príncipe y seis tradiciones. Eso a pesar de que de día, entre los mortales, las violaciones y descuartizamientos son tan cotidianos que ya no resultan noticia. Acaso el mundo de los no-muertos funciona, al contrario de lo que dice el libro, no como trasfondo del mundo mortal, sino como su reverso, un espejo que invierte.