
A eso de las diez y media me alisto y salgo en un carro que me recoge y me lleva por las calles desiertas entre a todas las tiendas cerradas, cuando ya toda la gente se ha ido a dormir pasamos a recoger al grupo uno por uno, y el primer día hasta se interna por las calles estrechas al fondo del Rimac, donde las maltrechas estatuas de sabios olvidados otrora blancas emergen de la hierba y la oscuridad de los parques abandonados, y finalmente llego a mi destino a la media noche.
La verdad es que no hago más que contestar teléfonos, y por primera vez en mi vida al fin estoy inserto en la jornada de ocho horas con seguro y plan de jubilación obligatorios, como peón y proletario, aunque también con un bono por nocturnidad. Acabo hasta alegrándome con la llegada del sol pues signficia que será hora de descanzar. Pareciera que mi tiempo está al revés, pero en cierto sentido mi vida está también más obscenamente enderezada que nunca.