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Cónicas del Templo Negro

Después de muchos años de revisión y de buscar la forma de editarme, he vuelto a decidirme por la autoedición. El 4 de julio estará disponib...

martes, 27 de noviembre de 2007

Señal de vida

La verdad es que perdí mi USB hace un par de semanas, tenía algunas cosas a medio escribir ahí, incluyendo algunas posts para el blog. Como he dicho tantas veces, pues la página en blanco es maleable, pero cuando existe aunque sea la noción de que ya lo había escrito aparece el elemento constrictor y la necesidad de ser fiel al original. Así que mejor dejo ahí perderse las historias sobre mis frustrados dibujos, sobre algunos estadios pasados del Vlad, sobre el monasterio vacío en el día del pavo, y qué sé yo qué más.
Hablando de infidelidad a los originales, estando en la situación bilingüe en la que me encuentro, me asalta cada vez más seguido la tentación de traducir. Sumado a que he estado memorizando algún soneto de Martín Adán, décimas de Calderón y canciones geniales de cantantes irrelevantes. Al parecer por aquí está disponible la novela de Los doce reinos en inglés, no sería mala idea ensayar una versión.
Mientras tanto he venido escuchando a Malice Mizer y escribiendo fanfics de Jigoku Shoujo. Sigo perdiendo en los concursos, hasta en los de fanfiqueros con apenas diez participantes y toneladas de faltas ortográficas y tramas inconsistentes. La verdad no he ganado ningún concurso desde que he salido del colegio. No sé si pensar que es un indicador, y que cuando la gente me dice que escribo bien es porque sí pues, hay peores, pero de bueno así nomás no pasas. ¿Qué se podría hacer si no, ante un público atrofiado? Pues dejar de publicar y volver al estado de la escritura absoluta, nada más, y dejar el valor en el no-espacio de la fantasmagórica intersubjetividad. Quizá una cosa que me interesó fue ver a una compositora bastante buena perder en un concurso de canta y gana a los quince años. También hay quienes me dicen que si no me siento bien con esto, puedo siempre buscar algo más, pero al menos en dibujar a pesar de todo tampoco creo que pueda sobresalir, y en las demás cosas o soy un total desastre o me es completamente odioso, lo cual en verdad va muy de la mano. En el fondo, el único problema es que eso de publicar mete muchos otros temas que con escribir no tienen nada que ver. Dije por ahí que quería ganar algo al publicar, pero eso para nada quiere decir que escribo para publicar. Ya que el texto está ahí, pues hubiera sido mejor si se le podía sacar alguito, pero si no, ni modo. Pero de estar ahí, el texto solo existe como ente estético y punto.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Primer viaje a la manzana

Acabo de volver de mi primera visita a Nueva York. Después de haber visto cualquier otra ciudad moderna, la verdad la altura de los edificios no es tan impresionante como dicen. Sin embargo no es que sean apenas algunas cuadras del centro de la ciudad, sino cuadras de cuadras de edificios enormes que siguen y siguen, y todas las cuadras son igual de cuadradas. Esta sí es una ciudad como tablero de ajedrez, en la que las calles todas llevan números antes que nombres.
El bus del college partió exactamente a las 6:45 de la madrugada, antes que saliera el sol. Por el camino fui dormitando y me desperté una y otra vez al notar que entrábamos a una ciudad, pero no era nuestro destino. Así sucedió cuatro veces.
Finalmente el bus nos dejó en las puertas del museo The Cloisters. Aunque sea un solo edificio, el plural para monasterios se aplica aquí muy apropiadamente. Como museo de arte medieval, está construido a base de piezas que el magnate Rockenfeller importara de decaidos monumentos europeos, para construir la edad media estadounidense. El resultado es un exótico collage donde ninguna columna es igual a la anterior y abundan los rellenos y reconstrucciones. Como el loco Xanatos de Gárgolas, que se compraba un castillo para ponerlo en la punta de su rascacielos, ahí mismo, en Nueva York.
Entre su disímil colección de curiosidades, el museo albergo algunos tomos manuscritos con delectables iluminaciones, y la famosa serie de tapetes que representan la caza del unicornio, una historia que hasta la fecha aun no conocía en su totalidad, pero que de seguro podré aprovechar para nutrir ciertos relatos sobre las contradicciones de la masculinidad. Probablemente la mayor desgracia haya sido que el royo de fotos se me acabó apenas dentro de este museo, comenzando el día.
Tras una breve pero excesiva estadía y un fugaz almuerzo, partimos para el museo metropolitano, bajando por Broadway, la pista chueca de la ciudad que no es ni calle ni avenida, y que estaba cubierta nada menos que de tiendas con nombres en español. Este museo sí, como es debido, es de los que no se pueden ver completos en un solo día, así que por mi parte pasé bastante tiempo entre momias y papiros egipcios, para luego pasar a la sección de arte decorativo del XVIII y acabar por la zona donde estaban las máscaras africanas y oceánicas. Abundancia de formas ondulantes y perturbadoras. Aparte de las piezas arqueológicas, el museo también estaba inhundado de gente, al igual que toda la ciudad. Una masa densa y tremenda como en ninguna otra parte, tan diversa, múltiple y homogenea. Salí del museo con un inglés llamado Andrew a quien no conocía antes pero había estado sentado a mi lado todo el tiempo en el bus. Andrew ya había estado en Nueva York un par de veces antes, admitía que era una ciudad que valía la pena conocer, pero que al fin de cuentas despreciaba bastante. Junto a él nos abrimos paso entre las masas de gente y los precios exorbitantes, Andrew quería sentarse a tomar un café pero terminó comprando un cartón de jugo de naranja en una bodega. Caminamos por muchas cuadras por calles y avenidas numeradas y anónimas, todas cuadradas y todas, todas, con edificios cada vez más altos, hasta detenernos frente a la biblioteca municipal a tomar un descanso junto a sus leones de piedra llamados Paciencia y Fortaleza. De ahí volteamos de regreso a la derecha para llegar a ningún otro lugar que el ombligo del mundo, la ultra electrificada, hiper abultada Times Square, un lugar tan iluminado que la luz en él es la misma las 24 horas del día y las pantallas animadas se mueven a donde quiera que el ojo mire. Y ahí sí, para cruzar la calle, hay que tomar aire y sumergirse entre la corriente masivo del rio de gente, líquido espeso que no tiene burbuja alguna.
Emergiendo del pulso eléctrico y masivo pasamos a Central Park, y de pronto todo se volvió amplio y fresco, aunque en esta época del año los árboles ya estén botando sus últimas hojas muertas. Ver el anochecer tras los masivos edificios de concreto desde una colina de tierra, como ver el mundo desde afuera, y sin embargo estar al centro de todo eso, una ambigua ciudad de contrastes.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Las logías y los studies

Me viene asaltando hace ya bastante tiempo la idea de la dicotomía entre la academia clásica y la gringa posmoderna. Por un lado tenemos las ramas del saber clasico, segun las cuales son todas esas que terminan en logía: antropología, teología, filología, biología... Tambien entran historia y medicina y demás disciplinas clásicas, que funcionan igual pero no gozan del sufijo. Es fácil pensar que más bonito que decirles "logías" es remitirnos a su raiz griega Logos, pero está es tan polisémica y traginada que de verdad prefiero gastar un poco de clasisismo para ahorrarme muchas jaquecas. Como sea, el hecho es que estas son formas que buscan abaracar todo el conocimiento de un aspecto de la existencia, un conocimiento abstracto que se puede aplicar en todas las circunstancias y lugares. Un conocimiento que se pretende trascendente, eterno. Un conocimiento cuya condición de verdad metafísica a veces lo vuelve inaplicable. Se le ha acusado de querer implantarse por sobre la opinión de cualquier otro hablante, por intentar aplicarse a casos muy remotos y distintos del punto de partida. Lo cierto es que las logías reconocen su punto de partida y lo relativizan... bueno, no es que siempre lo hagan, deberían hacerlo si es que siguen sus bases epistemológicas originales. Un buen antropólogo es el que puede reconocer la presencia de su propia cultura en sí mismo.
Por otro lado está la nueva academia gringa posmoderna, que tiene algunos célebres exponentes tambien en francia, como Lyotard y Barthes. Esta es la que ha creado las disciplinas de los studies: Gender studies, cultural studies, post-colonial studies, latin american studies... Estas se enfocan en un objeto espacio-temporal muy concreto e intentan saber todo sobre él. En ese sentido, corren en sentido perpendicular al de las logías, uniendo los puntos que a estas se les escapan. Lo complicado del caso es que estos "objetos" suelen contener sujetos individuales, pero los studies siempre pretenden saber más que ellos sobre sí mismos. Tanto así que en su jerga, sujeto y objeto son sinónimos. Si el aspecto que nos interesa es el "todo", no tenemos en verdad por dónde empezar, por lo que los studies tienen la necesidad de subordinar ciertos aspectos importantes a otros arbitrarios. En ese sentido, los studies se parecen todos bastante a dos de las logías más subordinantes: la psicología y la sociología marxista. También es bastante claro que estas son las menos científicas del grupo de las logías, parecen más bien sectas carismáticas. En fin, como lo que queremos saber es todo sobre el objeto, todo método es posible e imaginable. Dicen que son interdisciplinarios, pero muy a menudo eso no se diferencia de ser ametódicos y arbitrarios.
Desde un principio, los estudios literarios estuvieron sobre el filo de ambos. De ahí que gran parte de los studies se hallan gestado en el seno de la crítica. También es cierto que, casi desde siempre, la crítica literaria ha estado absurdamente parcelada por idiomas, naciones y regiones, lo cual es, después de todo, un método muy studies y muy fachista. Quizá la única logía literaria fue la semilogía... aunque tampoco es estrictamente literaria. El concepto de literatura, compuesta por algunos griegos locos de tres géneros sin mucha relación aparente, se desmenuza cada día más. ¿Qué tiene en común un poema con una obra de teatro? Muchísimo menos que una novela con una película. Saludo la inciativa de muchos teatreros de distanciarse del panteón literario. En fin, ya que la literatura puede ser cualquier cosa y cualquier método es válido, muchos críticos literarios actuales se parecen a los cronistas de periódicos en el hecho de que su preparación, argumentos, temas, conocimientos e inteligencia importan un pepino. Me recuerdan al perro de 31 minutos, el célebre Joe Pino, que siempre opina y terminó sacando su canción de rap:



Así que piénsenlo dos veces antes de creerse eso de que los studies son para la libertad, el respeto y las buenas relaciones. Piénsenlo dos veces antes de decidir quién se pone en una "posición privilegiada".

miércoles, 31 de octubre de 2007

Equinoccio

Hoy celebramos el equinoccio de invierno, el fin del verano y comienzo de la temporada oscura y fría del año*. Hoy celebramos la noche en la que los espíritus y los muertos caminan entre nosotros, en la que nuestros propios espíritus que caminan a espaldas nuestras se han de revelar aun ante nuestros más mundanos ojos. Ya hace semana y media que oscurece cada vez más temprano y amanece cada vez más tarde, tanto así que al momento de levantarme pierdo la noción del tiempo, el reloj dice que son las 7, pero aun todo está oscuro a mi alrededor, y entonces hasta no dudo al día siguiente de levantarme antes aunque mi clase sea más tarde, porque el día no comienza al amanecer sino en medio del caos de la noche oscura. Pero ¿acaso es que el día de hoy se parece en algo a días anteriores, que es algún tipo de día? ¿No es acaso este único día que surgió de entre las tinieblas de esta madrugada, y no un día análogo algún halloween de 1978? Ciertamente el giro de las órbitas no tiene mayor determinación sobre mi existencia lineal e irrepetible, pero hoy, para mí, es un buen momento para voltear la nuca y renovarme.
Por su parte, algunos vecinos han tallado calabazas y celebran el otoño, la cosecha, los espantapájaros y a los niños entre hojas secas. Celebran que sus vidas son cíclicas, predecibles, repetitivas. Sé que esta noche mis alumnos irán a un bar vestidos de piratas, mafiosos o pollos, a celebrar que tienen alguna excusa para emborracharse. Con los mexicanos hace un rato armé una mesa del día de muertos. Y a pesar de todo eso, el día de mañana no será feriado ni para ellos ni para mí, aunque sí para ti, por el día de la canción criolla.


*Eso es en el hemisferio norte. En el hemisferio sur estás en el equinoccio de verano, que es lo opuesto.

viernes, 26 de octubre de 2007

La señora Mary Shelley

Acabo de notar que en la post anterior cometí un error fatal. Junto a la portada de la Entrevista con el vampiro, con el nombre de Anne Rice más grande que el título, cité a Mary Shelley como autora de ciertas crónicas vampíricas que expresó opiniones varias sobre su versión cinematográfica. Ya está corregido. ¿Alguien se habrá dado cuenta? Ya que al parecer no muchos, tendré ocasión para volver sobre el caso particular de la señora Shelley. Muerta y enterrada a principios del siglo XIX, nunca llegó a ver filme alguno en su vida. Es de hecho una autora gótica fundamental, aunque su relación con los vampiros es absolutamente nula, y más bien es artífice del primer y más macabro científico loco y su homónima creación: el doctor Victor Frankenstein.
Y si la hubiera visto, ¿a la señora Shelley le habría gustado la película? Probablemente no mucho. La más fiel al original creo que es irónicamente la más tardía, aquella con Kenneth Branagh y Robert de Niro, que nos devuelve una vez más al viaje entre Suiza y el ártico. Sin embargo, esta recoge también un error fuertemente arraigado: el que la criatura fuera un burdo collage de cuerpos previamente humanos. Victor construye la criatura enteramente, no la compone de partes previamente hechas. Si lo vemos saqueando tumbas, es como parte de su minucioso estudio de anatomía. Helo aquí, en el capítulo cuarto:

It was with these feelings that I began the creation of a human being. As the minuteness of the parts formed a great hinderance to my speed, I resolved, contrary to my first intention, to make the being of a gigantic stature; that is to say, about eight feet in height, and proportionably large. .... Pursuing these reflections, I thought, that if I could bestow animation upon lifeless matter, I might in process of time (although I now found it impossible) renew life where death had apparently devoted the body to corruption.
M.S.

¿Cuál sería, pues, la necesidad de hacer un ser de grandes proporciones si el doctor no fuera a crear cada fibra de cada músculo, el interior de cada vena capilar, de cada tubérculo pulmonar? Es cierto que el pasaje es un tanto ambiguo y sugerente por la cantidad de cadáveres que presenta, que el doctor confiesa que adquiría sus materiales en la carnicería... pero las gruesas costuras de todos los filmes no tienen ninguna presencia en la novela original. Es sorprendente como este juicio rápido fue recogido hasta por la importante crítica Rosemary Jackson en su tratado sobre la literatura fantástica.
Ahora bien, el que la película se distancie de la novela, el que probablemente no le habría gustado a la autora, no quiere decir que no me pueda gustar, por ejemplo, a mí. Particularmente el primer par de películas que popularizó al personaje, las del gran Boris Karloff, son las más imprecisas y geniales de todas. He aquí al doctor Henry Frankenstein, un loco de atar, con su desde entonces inseparable compañero, el deforme Igor, su monstruo de cabeza cuadrada y costura gruesa, su máquina que se nutre de la tormenta eléctrica, su trágico final en el molino ardiente, en las afueras del mismo pueblo. Pero más genial aun es la secuela, La novia de Frankenstein (no del doctor, del monstruo), donde Henry se alía con una suerte de alquimista que crea homúnculos, para poder producir un ser aun más perfecto, el cual junto a los dos científicos dementes es finalmente destruido solo por la heróica intervensión del mismo primer monstruo. Es cierto que Shelley mencionaba una segunda criatura, cuya creación el doctor Victor emprendía nada menos que por encargo del primer monstruo, y sabiamente dejaba inconclusa. He aquí pues la reinvención en su máxima expresión.